Entonces existir.


Tú me dueles.
Tú, no siendo parte de mí,
me dueles.

Así como duele el adiós,
el olvido o el recuerdo.
Así como duele lo que no se ve,
lo intangible;
lo que no existe o que dejó de existir.

¿Cómo es que me dueles?,
¿cómo es que tú te sientes aquí,
estando allá o en ningún lugar?

-¿Cómo es que existe lo que no se ve?:
¿Porque se siente?-

Y dueles, dueles tanto,
como si hubieras sido mío mil años.
Como si de mí tú hubieras sido parte.

Como si existieras.
Como si existiera.

¿Qué soy yo para cuestionar qué existe y qué no?

Quizá con el tiempo lo entenderé.
No quiero saber de tiempo, ¿qué es el tiempo?

Quizá que duela no significa que exista.
Quizá existir es subjetivo.
Quizá vivir sea eufemismo de doler.

Y el Sol, en tus pupilas, 
-en la iris de tus ojos dilatados-
como cómplice tuyo,
ridiculizando mis dudas.

Entonces pienso: quizá nada es todo.

Y tú, con tus ojos, 
mirando... ¿mirándome?;
examinándome.

Entonces creo que quizá todo es nada.

El Sol, asesino de las preguntas.
O tus ojos, en mis ojos.
O mis ojos, reflejándote.

O nada.
O todo...

Tus ojos reflejándome.
Respondiéndome.
Callándome.

Sí existo, entonces, 
porque tú existes... entonces.

En tus ojos, en mis ojos: 
¿es un lugar para residir?

Mientras tengamos que doler, no.
Hasta que podamos morir.
Hasta que vivir no sea este absurdo vivir.

En mis ojos, sí, existir.


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