—Hay muchas formas de viajar a marte, a venus, o al planeta ese que dicen que ya no es planeta pero que en mi infancia solía serlo. Quedarte sentada, pequeña bola de moléculas, no es una de esas formas.—
Ella suspira y al decir esas palabras mira hacia la nada, sé que me mira a mí desde su punto ciego, y no sé si está enojada porque, por primerísima vez, no le estoy siguiendo la corriente o porque, simplemente, está aburrida.
Sea cual sea la razón, no voy a moverme de este sillón -¡verso sin esfuerzo número treinta y siete!-.
En un día normal estaríamos fuera de casa, conociendo el mundo. Tantas veces hemos hecho cosas que ni hubiéramos soñado. Separadas nada somos, pero juntas es otra cosa. He ahí la magia.
Una de esas veces que les digo me abrí la cabeza, fue bastante colorido; luego se volvió interesante tener que explicar en repetidas ocasiones a lo largo del día la razón de tremenda cortada. Como es natural, en cada explicación la historia era diferente.
Otra de la veces nos perdimos por unos cinco días, más o menos; mi familia se volvió loca y me daban por muerta. Claro que después de volverme a perder muchas veces más la familia empezó a acostumbrarse y si no llego a casa temprano ya nadie se alarma.
Hubo una vez que aplastamos fresas con los pies, ¡la mejor pedicura en la historia de la humanidad! No sé si fue el mismo día de la cabeza abierta, probablemente sí. A veces mezclo las historias.
Quisiera contarles cada una de nuestras "aventuras" -así les llama ella, no la juzguen, son sólo cosas que hacemos cuando nos aburrimos-, y justo eso es lo que ella quiere que haga. Yo no sé muy bien cómo empezar, pero lo he hecho.
Y me voy topando con el problema que puede suponer mi mala memoria.
Usualmente me divierten sus teorías de la vida y cualquier tema en general y lo que sea que se le ocurra hacer, lo hacemos. Quedarme estática me aburre mucho. Mucho. Pero hoy, por algún extraño cambio en el orden de las cosas, me ha dado por quedarme tirada en este sillón verde; sumida en mis pensamientos, sumida también en el confortable sillón verde.
Le platiqué de mi aparato envía-señales-a-personas-que-pueden-o-no-estar-en-lugares-recónditos-del-planeta. Mi laptop. Ni un sólo músculo en su cara cambió.
Pensé que mi intento de sofisticarle el nombre al aparato la emocionaría al menos un poquito.
Echó aire afuera por sus narices, tal como lo hace mi perro cuando quiere que le abra la puerta. Le platiqué del curioso sonido que hacen las teclas cuando las pulso. Volteo la mirada hacia mí, luego hacia mis manos, donde tenía el novedoso aparato, volvió su mirada a mis ojos y esbozó una sonrisa ridículamente grande.
Y bueno, no fuimos a marte ni a venus ni a ese planeta que -según las personas importantes que estudian los planetas- dejó de ser planeta o nunca lo fue. No fuimos hoy, quizá mañana se nos antoje ir en una de esas formas que me cuenta. Aunque no recuerdo ni una ocasión en que ella quisiera hacer la misma cosa dos días seguidos.
El orden normal de las cosas debe volver mañana.
Mientras yo disfruto del sillón verde y ella del curioso sonido de las teclas siendo torturadas. Cambio y fuera.

1 comentario:
Es como una pintura de DALI, solo que es una pintura de palabras
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