Y entonces, en la oscuridad, algo me golpea.
Los ojos que aniquilan, transformándose en leones, atrapan y tragan reminiscencias del alma.
Los labios que esconden el lunar secreto, llave de la puerta recóndita hacia el misterio de todo lo que pudo haber sido y puede suceder.
El rostro ceñudo que se apodera de mis sueños, mirando al horizonte y no a mí. No a mí.
Los pies descalzos que discurren el piso apresurados, el mismo piso que tocan mis pies; y mis pies lejanos y más lejanos cada segundo a pesar de quedarse quietos esperando, en la pesadilla recurrente, el cambio de seriedad a júbilo. Y el júbilo jamás cubre esa cara de seriedad.
Las manos que amarraban, se han vuelto fantasmas. Aquí están. Apretando y entrelazando los dedos de mis manos, aquí.
Y la voz, esa voz. Ni las olas mismas la han de asfixiar. La voz que, aguda o gravísima, está y en todas partes. A toda hora... y más al anochecer.
Y en la hora segunda, pasada la media, del día uno antes del mundo como solíamos conocerlo mi cuerpo y yo, la locura de la madrugada habló las cinco palabras de letras que esta boca ha querido decir desde siempre y hasta toda la eternidad:
"Perezca aquí besando los ojos."

1 comentario:
La realidad parece eterna, y la fantasía, parece que dura solo un segundo, de tanto que la queremos disfrutar y.... uffff chocamos con la realidad.
Publicar un comentario