Esta entrada la hice en colaboración de un amigo que, como yo, gusta de escribir y a quien quiero mucho: Pablo... Gracias por obligarme a escribir esto contigo, jamás me arrepentiré.
Salta del balcón. Tus pesadillas y yo te estamos esperando.
Sé que crees que no somos reales pero, míranos a los ojos...
Si no lo somos, lo seremos.
Este cielo no es azul ni gris. Es rojo.
Y tu balcón, tan inútil, se está derrumbando.
¿Qué es pegazo sin alas?
¿Qué soy yo sin corazón?
Sí volamos. Salta, nada te pasará.
La flor, esa que está en mi jardín, sé que la quieres.
Salta y vamos. Vamos a robarla.
"¿Por qué robarías algo que es tuyo?"- me preguntas.
Y tus ojos están tan enormes hoy que no dudo se te saldrán en cualquier momento.
No es mía si no ha nacido conmigo, cariño.
No es mía si está en un jardín con cerca y peligro.
No, te digo que no. No es mía.
Y te grito, y te miro.
Te miro tanto.
Pero ahí estás, sigues ahí: colmando mi paciencia, mirando hacia abajo;
hacia mí, desde tu inútil balcón.
¿Qué es un balcón sin una escalera?
Es una oportunidad. Es eso, y otras cosas que nunca sabrás.
Y de la nada, me respondes, respondes como si hubieras escuchado a mi pregunta:
"Quizás es lo mismo que un cuerpo sin sombra, un sentido sin aroma, o tú misma, fría, dejando caer la última gota de mi paciencia que se calla y trata de olvidar; pues me miras y te miro, y todo parece que se olvida; lo intento y lo intentas, pero hay algo que no se puede ocultar..."
"Tiene razón", me digo. La tienes y en demasía.
O quizá no.
Las pesadillas empiezan a hablarme. ¿Son las tuyas o son las mías?
Dime, por favor, que tú también las escuchas.
Que no estoy loca. Que no, que nunca lo estuve.
Vamos, salta.
Salta y acompáñame.
Mi jardín no está tan lejos; mi jardín que no es mío... pero que puede serlo.
Y te miro, y no me miras.
No volteas pero dices:
"Querida, existen... son los fantasmas que nos persiguen. Los que no puedes ignorar. Los que ignoro desde que mis sentidos se quebraron, y que he puesto en tus manos. Yo no sé a dónde voy, así como vuelo ahora puedo caer, si tú quieres. Si quieres, siempre hemos de seguir. Te he de acompañar. Hemos de abrir las ventanas para dejar correr la brisa, descansar las nubes e intentar hacer en esta lluvia, un beso imposible al recuerdo de nuestros años..."
Entonces me distraigo, o me distraen aquellas, esas que hoy me acompañan.
¿Qué decían?
No lo sé. No sé nada.
Y no, tampoco me había percatado de la existencia de esas cosas que tú has mencionado. Ventanas. Pero, ¿cuáles ventanas, corazón?
Si es que es debido decirte así.
Y hablas de abrirlas, hablas de la brisa.
Pero no bajas y me dejas acá, abajo, conmigo misma, y con estas amargas pesadillas.
Susurras, entonces, algo que no tiene sentido.
Algo que, siendo un susurro, parece un grito o algo más:
"La brisa atrae, y la brisa lleva. Se lleva nuestro miedo y nos deja entrar a lo nuevo. Nuestra ventana, nuestra "amiga", como sueles llamarle. Y nosotros y el tiempo, compañero inseparable, irrelevante e intangible. Somos la brisa y somos la flor, tus pesadillas. Las sombras que vemos son de nosotros el miedo y el amor. Un día viviremos más con uno que con otro. Ese día esperaré y tu mano tomaré feliz y sin miedo, para estar todo el tiempo contigo y no separarme de nuevo".

1 comentario:
Me gusta como escribes (:
Publicar un comentario