Nuestros verbos.


Volar, soñar, reír, cantar, abrazar, mirar, callar. Quizá nuestros verbos predilectos necesiten ser conjugados más frecuentemente; o quizá sólo necesiten que los saquemos a pasear, que hagan amigos y se cambien de nombre.
Cierto es que ya nada parece real; lo que antes era irreal ahora no lo es y es de esperarse que me confunda. La realidad es tan cuestionable si la miro desde tus ojos.
Aquel campo nos había estado esperando desde que nos soñaste tirados en su césped, mirando al cielo, escuchando Piledriver Waltz o cualquier otra de nuestras canciones favoritas. Nuestros ojos se habían estado extrañando todo este tiempo, y los recuerdos que nos unen sólo hacían la espera más larga. Y se sentía, se respiraba... nadie lo dijo pero ese instante había ocurrido incontables veces en la imaginación de cada uno.
Tan ridículo como haberte ignorado en el pasado sería ahora decir que no te amo. Mi propio concepto de una palabra tan usada, que se hizo corriente, me deja seguir creyendo. Más que volverte mi amigo tú eres mi nepente. Sin ser el único pero sí el preferido.
Supe que iba a escribirte a ti o a tus ojos, o a ese momento, desde que me empecé a perder en la conversación para luego sentirme culpable. Tu voz me recuerda a la de un viejo amigo que ya no lo es; tu voz madura me recuerda que no eres un niño, que los espejos pueden engañar.
De los colores del paisaje (verde, blanco, café, negro, morado, naranja) me acuerdo más del de tu cabello. La falta de nubes y la sensación de que me mirabas, la perfección estaba presente, tan presente como puede estarlo en este mundo, y no por eso logré ignorar el suelo cáustico, en el que yacía mi cuerpo, que reclamaba mi ausencia.
Cuántos secretos pude haberle contado a tu oído si las personas que nos esperan no lo hiciesen. Habrá más tiempo, lo sé.
Tiempo de conjugar nuestros verbos (sí, los predilectos y otros más).