Sé que es inútil escribirte una carta más; sé que, aunque fútiles, mis intentos me mantendrán aquí, suspendida entre la vida y la muerte.
En la certeza de que existías, en alguna parte de este planeta, me refugiaba y me abrazaba con los únicos brazos que me pertenecen.
Formas desconocidas y violentas te llevaban en la noche, formas que odiaba.
Te escribo por la nostalgia. Te escribo porque sólo eso me queda hacer.
En las palabras que jamás te dije se esconden los remordimientos y me buscan por las noches, y me encuentran, y me atrapan, me apuñalan el corazón.
¿Qué queda de mi alma?
Vida mía, muerte mía, eras el todo y lo demás también.
Esperaba nada. Si algo sí esperaba era dejarme.
Por fin alguien a quien dejarme. Y en tus brazos, que nunca me pertenecieron, acune la última de mis esperanzas.
Qué fácil fue acostumbrarme a ti, casi tanto como lo fue perderte.
Con lo sútil y ultraviolento te vestiste, y por tus deseos te vi partir.
¿No era más sencillo decir que no era tu deseo vivir?
Te hubiera dicho, quizá, que tu sola existencia me alejaba de la cobardía, esa de la que yo no te pude alejar.
¿Cómo sigo, vida mía? Muerte mía.
Tinta negra lo escribe, pero son mis latidos los que hablan.
En el sin-sentido que vivo, te pienso y en mis sueños existes, aún. Me he vuelto loca. ¿Lo ves? No, no puedes ver, o responder o respirar. O amar.
Y, aunque no escuchas, ni lees o escribes, un día sucediste. Lo que queda son apariencias y dar vueltas sin propósito; no hay venganza que pueda devolverme la esperanza. El arrebato de un alma a manos de este mundo suele ser inevitable cuando se le permite sostener lo que queda de la propia vida. La esperanza se fue contigo, junto con todo lo que un día fui. Te escribo, amado; sí, alguna vez te amé.
No me hagas tanto caso, a veces está bien partir.

1 comentario:
Les recomiendo algo bonito para leer
Publicar un comentario