El semáforo ha cambiado su color
y la única cuestión es si cruzaré o cruzaremos.
Hablamos del tiempo mi curiosidad y yo.
Que cuántos, me pregunta.
Dos o tres, sin duda; le digo que dos o tres.
Él mira y presta atención a mis pupilas, y se vuelven enormísimas
hasta que la luz, que no es más que un pretexto,
las regresa a su pequeñez, a su insignificancia.
Sin saber por qué o cómo algo se vuelve mío
y entrelazo los dedos de la vida que bien podría
acompañarme por el resto de mis días.
Que qué tiene su mano, se pregunta, y yo pues: no, no lo sé;
lo pienso, no lo digo. Y el abismo en sus ojos crece,
juraría que caería ahí en cualquier momento;
juraría que caigo, que en efecto, que desde ahora.
Hasta que por fin dejé ir sus dedos vaya usted a
saber cuánto tiempo habrá pasado.
Dos o tres. Muy seguramente dos o tres.
Involuntariamente me acerco, quisiera no dejarlo ir.
Acompasamos nuestros pasos pero los segundos
corren mucho más rápido que nosotros.
El silencio que hacemos y el zumbido de los carros
parecen hacer una buena melodía. Hasta las hojas, felices,
se secan esperándonos.
La Tierra da vueltas azorada, apresurada: se muere de tanto esperar.
Se acerca y entre susurros le digo que qué hace;
no es nuestro fuerte, no, el partir por lados opuestos.
Y, sin embargo, sabíamos que después de un rato no
se podría hacer más que lo inevitable. Sí, después de dos o de tres...
Algo vibra en nuestro pecho, algo se enciende en nuestras mejillas.
Le digo nos vemos y no adiós, pues a Dios qué le importa si nos tenemos que despedir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario