No hay manera sencilla de decirlo...
de decirle que la Luna ha emigrado,
que las nubes, también, se han marchado.
Pues entonces usted conjugaría el verbo ir.
La paz es guerra.
Contamos la vida en segundos y en sus milésimas.
La luz es oscuridad.
Enterramos el cadáver de la esperanza y la fe...
Nos topamos con eso:
con el hedor de su carne expuesta,
de su veneno que hierve,
de sus gusanos hambrientos...
Lo observamos con parsimonia: el fin.
Tanto sodio en las lágrimas
termina secándolas.
Deja de ser sodio para ser olvido.
Sólo queda eso: Abrazar sus huesos,
besar las palabras...
tocando momentos
que el tiempo jamás podrá.
Y deja de ser olvido para ser temor.
Uno de tantos.
Tantos universos y sus soles.
Pues a veces el cadáver pasa a ser un sol...
Verá que no, no me es fácil decirlo...
no puedo ser un planeta ni una galaxia,
mucho menos una estrella que dejó de brillar.
Soy, sin desearlo, un universo.
Extinción es una palabra difícil de explicar.
Hay algo dentro de mí:
hay gusanos tragándose ese algo.
Hirviendo. Expuesto. Extinguiéndose.
Si lo entierro no habrá más.
Ya jamás habrá una Luna,
ni nubes, ni soles...
Si lo entierro renacerá, acaso volviéndose universo.
Ya lo he dicho. Y es que no, no la hay... no hay manera fácil de decírselo...

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