Carta que hice el día que te ví de la mano de ella.

A veces me pregunto ¿por qué tengo que recordarte? ¿Por qué de repente tiene que venir tu nombre a mi mente, y entonces de golpe, cada recuerdo? ¿Por qué tiene que sacudirme el alma el verte, aún cuando es sólo a lo lejos

Porque entonces empiezo a extrañarte. Aunque luego me acuerdo por qué estoy lejos de ti, pero ni siquiera después de volver a sentir el desprecio tuyo que quedó grabado en mí soy capaz de olvidarte. 

Y el sentimiento se arraiga, hasta recuerdo tu número y me entra la tentación de hablarte. Y pienso ¿para qué?... ¿Ya para qué, Dios mío? Y, ¿de qué sirvió tanto amor y esfuerzo? Las lágrimas corren siempre, ruedan por mis mejillas. Toda memoria, todo momento que fue un día felicidad ya no está más que rodeado de sentimientos grises, azules, o negros en su defecto. Mucha oscuridad y sobre todo tristeza. 

Esos años que se apilaron en la repisa que lleva tu nombre junto al mío, tan pesada, tan yéndose a la mierda, perdiendo el poco equilibrio que le queda. ¿De qué fue útil? ¿Por qué tuvimos que gastar tantas horas (qué digo horas... ¡años!), acomodando los instantes que juntos pasamos, respirando el mismo aire y bebiendo del mismo vaso glorioso del amor? 

Hoy nada significan, pues se caen y cuando el suelo pisan, el humo que ocupa la habitación se vuelve ácido y los marchita. A los instantes los fulmina. Ya son de piedra, muy pesados. Peso muerto, tan fútil. Y las heridas que no han sanado van formando parte de la piel, como cicatrices, como trofeos de batallas, que si bien es cierto que perdí, son trofeos pues alguna enseñanza me han de traer. Un día más vieja y menos madura, me pregunto lo mismo, la misma duda. 

Cómo voy a saber el sentido que ha tenido amar con total locura. ¿Cómo voy a saber si valió la pena? Si me quedo sola otra vez. Tal vez sea este mi destino. Y ya no pienso en ti como solía hacerlo, me he vuelto cruel, me he hecho egoísta. Hasta las mismísimas palabras que salieron de tu boca y las acciones que llevaste a cabo son hoy más parte de mí que de ti. 

Yo no sé si exististe de verdad o si fuiste un invento de mi imaginación. Tantas veces me pregunté y te pregunté si se trataba de un sueño, y pese a las respuestas que me fueron dadas, en este segundo creo, casi tan segura como que mañana sale el Sol, que no fue más que un sueño, una maldita pesadilla. Realidad no. Puras voces de la esquizofrenia, la depresión que la soledad me otorgó. 

Vienen esta noche a cuestionarme los fantasmas que en el día se acobardan y se esconden detrás del sofá, acompañados por nadie, solitarios y tímidos, me abrazan y me dicen que está bien, que todo va a pasar. Un día mis ojos habrán de sanar.

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