—Últimamente no sé qué hacer con mi vida.—
Me dijo, mientras miraba al piso, como queriendo tocarlo con sus pies, que flotaban sin poder alcanzarlo.
Yo la vi desde arriba del árbol, no sabía si esperaba respuesta mía. Quería bajarme del árbol y sentarme a su lado, pero no sin antes tomar el listón rojo que ondeaba en una de las ramas.
-No hagas nada. Dije, después de un largo silencio.
-Eso he venido haciendo desde siempre.
"Pero no has vivido siempre", pensé y reí ante aquel pensamiento.
-¿Siempre has de tener la razón?. Dijo, y aunque levantó la mirada, no me veía a los ojos, veía el listoncillo rojo, quizá.
-¿A qué viene eso, eh?. Contesté y continué escalando hacia mi ondeante objetivo, pretendiendo que me daba igual su respuesta pero prestando oído. No me daba igual.
-Está claro que no he vivido siempre.
-Está claro. Susurré.
No es lo mío tener la razón; estaba segura de haberme guardado aquel comentario, no lo había dicho en voz alta, ¿o sí?
El rojo que ondeaba se empezó a ver cada segundo más lejano y de un momento a otro estaba suspendida en el aire, como los pies de ella.
Sus pies tocaron mi nariz, olían a fresas. Quise morderlos. No pude moverme. Ella desapareció cuando la oscuridad llegó.
Cuando abrí los ojos estaba tirada en el piso, en la calle, y cinco o seis personas me veían muy atentas a mi alrededor. Seguro que visto desde arriba se formaba un círculo con centro definido. El centro era yo.
Mi cabeza latía y el olor a fresas seguía en el aire, aunque ella no. Era natural que sus pies olieran así pues esa tarde habíamos estado haciendo mermelada con nuestros pies. Llevé mi mano derecha a la cabeza y toqué mi frente sin saber por qué, la miré y ahí estaba: el rojo de nuevo, no era el listoncillo, ni olía a fresas.
No habría subido a ese árbol si ella no me lo hubiese sugerido. "Ese listón no caerá en tus manos sólo porque te le quedes viendo. Está esperándote, mira cómo se retuerce allá arriba. Ve y tómalo". Y luego de que ella dijese esas palabras, me lancé por él.
Era chistoso estar ahí tirada porque nadie de los que estaban a mi alrededor se movía y me echaba una mano...
Entonces alguien, por fin, hizo camino entre el círculo, trazándole un radio invisible con su trayectoria, y se hincó a mi lado, quedando su cabeza al revés desde mi perspectiva.
Se acercó a mi oído izquierdo y susurró "Deberías escribir sobre este día. De hecho deberías tomar pluma y cuaderno e ir a todos los sitios donde jamás se le ha ocurrido a nadie escribir y narrar la historia de cada una de nuestras aventuras. Pero, sobre todo, deberías escribir sobre este día".
El olor a fresas entró por mis narices y, por supuesto, era ella la que me estaba susurrando.
Y heme aquí, muchos días después, escribiendo. Pues cuando ella sugiere algo, es difícil que no se haga justo así.

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