Érase una vez, un par de corazones
caminando de la mano,
mirándose el alma de reojo.
Ignorando, quizá a propósito, la puerilidad aun presente.
Envuelta en promesa, la esperanza de un "te quiero".
La urgencia de callar un adiós inminente.
De esconder tras el idilio la realidad que suponía el porvenir.
Éranse ellos, asustados y juntitos, en la jardinera de alguna plaza, frente al silencio de la locomotora, que pese a su ausencia se daba a recordar pues las vías estaban ahí.
Y allí, sentados, ella recargada sobre su hombro.
Sh. Silencio, siente la mirada del mundo.
Reconocerían lo fútil que fue el encuentro, ahora, varios años después.
Pero lo que sintieron, ¿fue real? ...
Éranse en la plaza, un trece de mayo.
El miedo a perderse mutuamente.
O el miedo a darse cuenta que nada realmente los mantenía unidos.
No sabiendo ciertamente si los carros seguían migrando de un lado a otro; no queriendo saber.
Del miedo y la incertidumbre un beso surgió, tímido y suave. Tan tierno y apenas existente.
Aún ella cierra los ojos y está ahí, en ese autobús. Dejándolo a él cada vez más lejos.
Es cierto, la magia del primer beso existe. No se escucharon campanas pero sí una canción.
Éranse entonces, tan inseparables, tan jóvenes. Y todos los adjetivos del primer amor.
Hace tanto que lo que era ya no es y aún siendo así bien merecida tenían una última prosa.
Érase una vez, un miércoles como hoy de un mes como el presente. Dos jóvenes enamorados, mirándose el alma, buscando una razón.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario