A veces me pongo los audífonos, después de pasar largo rato viendo el horizonte.
Esta vida me asquea. Me sofoca.
Pretendo quejarme con quien sea que planeó mi nacimiento, con cualquiera que pudiera considerársele culpable; entonces encuentro que lo que hago, sin quererlo, es echar en hombros de otro una culpa que sólo puede ser mía.
Pongo constantemente frente a mí objetos para tapar la realidad, para evitar que mis ojos volteen, para regodearme en mi soledad.
No hay nada más triste que encontrarse rodeado de gente y sentirse solo; ver sonrisas y pensar en nada más que en la hipocresía; presenciar cariño entre seres humanos y traducir del lenguaje corporal una simple y llana palabra: egoísmo.
Notar cómo se entrelazan cuatro o cinco cuerpos, de diferentes tamaños y formas, yendo a la par y de la mano, y sentir la tristeza que crees significará ese recuerdo en la memoria de cada una de las personas a las que les pertenece cada cuerpo.
A veces creo ver felicidad y la repudio. Llego a la deprimente conclusión de que para no ser falso hace falta la desdicha, el enojo constante y las naúseas ante una sociedad cada vez más perdida, y de que para sonreír se necesita una venda o la convicción de vivir despreocupado, de no tomarse nada enserio, de ser un dichoso ignorante.
No quiero ver y escuchar, sin embargo envidio a aquellos que ven y escuchan...
A veces me pongo los audífonos, sólo me los pongo y no escucho nada.
Para estar acompañado no hace falta mucho, para estar
solo se necesita más que un motivo.
Esta vida es un tobogán en forma de espiral y yo voy en él, cayendo.
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