Pero la fiesta se había tornado un poco violenta (por decir lo menos).
El reloj, que era mío, yacía en el piso destrozado y, por qué no decirlo, salpicado de sangre.
"¿Qué hago aquí?"
Llevaba algunas horas preguntándome lo mismo. Y bien, ¿qué hacía ahí?
Había sido Deni, una amiga de la colonia, la que me había convencido de ir. De acompañarla, más bien dicho.
Dos días atrás caminó a mi lado todo el recorrido desde que salí de casa hasta mi trabajo con el mero propósito de conseguir que fuera con ella. Debí haberle dicho que sí cuando me convenció, que fue justo al momento de pedirlo, cuando dijo "Ven conmigo"
Deni y yo hemos sido vecinos toda la vida, mi casa queda atrás de la suya en una colonia en la que es difícil saber dónde termina una casa y dónde empieza la otra. Debo decir que he estado encaprichado con ella desde que vi su carita de porcelana por primera vez.
Sin embargo jamás se lo hice saber (y jamás lo haría). Pues he sido lo suficientemente tonto como para contarle de todos mis demás caprichos, de mostrarle mis peores momentos, de confiarle (a gritos y a malas palabras) lo mal que me hace este mundo. Y esa persona que he sido, sinceramente, no es la persona que yo quisiera que le diera sus sentimientos a ella.
Pero ese día, hace dos días, pensé que podríamos olvidarnos de todos mis errores, de todas las malas decisiones, y que quizá esta era mi única oportunidad para usar aquella noche y decírselo todo de una buena vez.
Ella se despidió al llegar a la entrada del local donde trabajo. Nada le costaba entrar conmigo, subir las escaleras y acompañarme un rato más, dentro en la oficina que compartía con un par de fulanos, (pues ya me había visitado antes para saludar o lo que fuera). Pero la prisa que surgió una vez que le dije que sí iría impidió que me acompañara unos minutos más. Ahora debía (con urgencia) tomar un taxi y llegar al centro y buscar el atuendo para el evento.
De alguna manera había conseguido ganarme el cariño de su familia, y su confianza. Teniendo en cuenta que, a ojos de ellos, era quien solía recogerla de vez en cuando (en aquel entonces en que íbamos a la escuela juntos) para llevármela en el carro de mi padre, en las ocasiones en que me lo prestaba. Era también el que la ayudaba en Mate, Conta y demás materias con muchos números (o, en su defecto, letras que hacen referencia a números), pues, por alguna razón de genética o, vaya a saber yo por qué, se me facilitaban esas cosas.
Poco iba a imaginarme que era yo su única forma de ir a tan esperada fiesta. Y me da igual, siendo sincero, pues serle útil (no importa en qué sentido) es un privilegio.
Siendo de todas formas una ocasión especial, no tuve tiempo de ir a buscarme algo nuevo que llevarme puesto. Así que traté de escoger lo mejor en mi armario: unos pantalones de mezcilla no tan gastados y la playera gris que aún no me había estrenado.
Dudé en la área del calzado, pero al final me llevé mis inseparables zapatos negros.
Pasé por ella y cuando llegué estaba, por mucho, emocionada. Me abrió la puerta antes de que siquiera tocara. Me rodeó el cuello en un abrazo rápido y me dijo que nos fuéramos cuanto antes.
Era temprano: apenas las seis. Me había dicho, al invitarme, que se le había citado a las siete. Y es bien sabido que no se llega temprano a esos eventos. Quise decirle que aún era temprano, pero se le notaban las ansias por salir de su casa cuanto antes.
Nos subimos al carro (de mi padre, en efecto) y le pregunté que cuál era el plan.
"Soy tuya por dos horas. Pretende que es una de tus tantas citas, llévame a donde quieras."
Lo dijo con tanto entusiasmo que me puse nervioso. No hallé la forma de decirle que ella no era cualquiera para ser tratada como una más de mis citas. No pasé por alto que dijo que era mía por dos horas (solamente). Pero no pregunté.
Y, ¿para qué hacerlo?
Empecé a conducir sin saber a dónde. Me dirigía al centro.
Ella, mientras tanto, cambiaba la estación de radio. Encontró una que pasa canciones de otras décadas y en inglés.
Pasaban "500 miles" cuando la sintonizó.
Llegamos a un café y estaba viendo si cabía el carro en el espacio que había encontrado cuando me dijo...
"No piensas de verdad invitarme sólo un café. Vamos Omar, tú y yo sabemos que esto no es lo que haces en una cita."
Le sonreí. Esta mujer es un tesoro. No la iba a llevar a un mal restaurante o a un pub ni mucho menos a un bar, así que traté de componerlo...
"No venden sólo café, mujer, ¿acaso no lo sabes?"
Pretendía ruborizarla o despertar alguna risa que la hiciera todavía más bella. Pero, de nuevo, ella no es cualquier mujer en la que mis trucos funcionen.
Salió del carro y me guiñó un ojo a la par que hacía la seña de una pistola con su mano derecha.
Entramos al café y al sentarnos le señalé la cerveza en el menú. Pedimos una y luego otra. Las tomamos despacio.
Las horas que fue enteramente mía reímos tanto, y platicamos cosas de nuestras vidas que, aunque no parecía cierto, no sabíamos. Fui feliz, y más que eso.
Ella miró la hora en mi reloj: las ocho y cuarto. Pagué la cuenta y salimos de ahí, rumbo a la fiesta. La sentí cerca, más que nunca. La miré a los ojos en una luz roja y ella estaba sonriendo, sintió mi mirada y volteó hacía mí.
Besó mi mejilla y dijo después "Vámonos"
Llegamos, finalmente, al lugar del evento. Aparqué el coche y entramos juntos. Dos segundos más después de entrar duró la cercanía, el sentimiento de que era mía, de que nos pertenecíamos.
Ella corrió a los brazos de un tipo alto de cabello ondulado, al cual no conocía...
Y, de nuevo, no me molestó que me usara... al contrario. Fue el hecho de que fueran los brazos de alguien más a los que ella corriera.
La noche pasó lenta. Yo me apoderé de un rincón y me senté a verlos todos reír, bailar... Ver el panorama sin verla a ella.
Sin embargo mis ojos seguían buscándola, como mosquitos hacia la luz, así iban en pos de ella. Directo hacia la muerte.
Y en una de las tantas veces en que la enfoqué, ella volteo y encontró mi mirada. Estaba tan bonita. Empezó a reírse una vez que me vio y corrió hacía mí. Me abrazó y susurró a mi oído "
Todo valió la pena.
Entonces me besó en la mejilla suavemente, yo la abracé fuertemente... sentí que la iba a perder en unos segundos más.
El tiempo se detuvo y cuando abrí los ojos estaba el tipo alto de cabello ondulado al que ella había corrido entrando al lugar... se le veía furioso.
Supe que se aproximaba una pelea y dudé entre hacerle o no daño, aunque la decisión realmente era entre dejar que me hiciera daño a mí o golpearlo y lastimar a Deni.
Una vez que lo vi así, hice a Deni a un lado y estaba dispuesto a aceptar los golpes que quisiera ponerme encima.
Qué iba yo a saber que era contra ella que él iba... La golpeó tan rápido y tan brutalmente que cuando reaccioné, ella ya estaba inconsciente.
Alcancé a darle un par de puñetazos en la cara y el pecho, pero sus amigos me agarraron y dijeron...
"Déjalo, ella tiene que aprender."
Hice todo lo que pude, y más, para soltarme. Para tomar a Deni y llevármela a un hospital.
La golpeó por unos minutos hasta que su cara no era más que un enorme moretón. No es necesario detallar la escena pero sí debo decir que los golpes no fueron solamente en su cara.
Creo que grité, creo que lloré. Después de un tiempo se volvió borroso todo lo que veía. La gente no lo detuvo, en cambio lo alentó. Me di cuenta de que no sabía dónde estaba, ni mucho menos con qué clase de pesonas estaba.
Creo que me arrodillé. Y que fue entonces cuando me arrancaron el reloj de mano y lo pisotearon.
Los amigos de él, que eran tres tipos aún más grandes y fuertes que él, me seguían sosteniendo con ganas. Y ella continuaba en el piso. Creo que fue su sangre la que salpicó mi reloj.
En algún momento todos se fueron y quedamos nosotros dos solamente. No sabría decir si nos cambiaron de cuarto o si seguíamos en el mismo recinto. Es difícil recordar los detalles.
No era tan tarde, tampoco de mañana.
La abracé. Estábamos ambos en el piso. Le dije todo lo que significaba para mí y le besé su mano... un escalofrío recorrió mi cuerpo. Llevé mi mano izquierda al estómago y sentí cómo bombeaba la sangre fuera de mi cuerpo por alguna clase de agujero.
Me levanté un poco y miré el reloj luego volví a abrazarla y sonreí. Después de todo había tenido el mejor día a su lado y entonces lo supe...
Supe que era tiempo de partir.


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