La ventana.

Si me fijara demasiado en las palabras, lo cual hago, escogería con más detenimiento lo que me dispongo a escribir. Pero es el caso que me importa muy poco pues escribir ya es demasiado hacer como para todavía sumarle la complicación de fijarse, por dar un ejemplo, en cómo empezar y qué palabras exactas usar. Sucede que las ideas en mi cabeza son imágenes que de claro nada tienen, por tanto traducirlas a letras es más complejo de lo que se podría imaginar.

El revoltijo empieza ahí: en la ventana; me mantiene con la vista fija para fuera, para allá, a donde ni mis manos llegan ni mis pies me llevan.

Si contara, por decir algo, las ansias que crecen en mí cuando veo cómo un par de personas se llevan la una a la otra de la mano quizá surgiría la impresión de que estoy amargada. Y no es que no lo esté. Precisamente a eso voy: estoy amargada. Pero la situación es esta: se me hacen licuado los sesos y vómito el estómago, y eso no sé por qué será.

Y entonces allá afuera, en lo verde, una florecita asoma la cabeza. Yo la saludo detrás de mi ventana, y el Sol me hace segunda, y un vestido que cuelga de un lazo tercera, y una mujer que tiende ropa en el lazo cuarta. Y la lluvia, que a veces aparece, es la quinta perfecta o el número que quiera ser.

La palabra “espectador” aparece de súbito en medio de las imágenes borrosas. Me pregunto qué diferencia puede haber entre ser un expectante y ser un espectador. Encojo mi cuerpo de poco a poco: primero los dedos de mi mano hacen un puño, luego los dedos de mi pie conocen el piso (y es que estos suelen estar más bien colgando), y es mi cuerpo después el que acompaña el lugar que ocuparon mis extremidades… y vengo siendo el ejemplo perfecto de que la posición fetal no es un estado que se adquiera sólo dentro del útero materno.

Imágenes borrosas de una flor aparecen en mi memoria y una voz que me es familiar me dice que quizá lo que necesito son lentes. No creo preciso decir en voz alta que lo que necesito son letras que se acomoden en las palabras adecuadas para darle nitidez a mis fotos mentales tomadas rápido y en movimiento.

Yo no sé aún de qué manera darle nombre al sabor que percibe mi lengua cuando las lágrimas inundan mi rostro, pues sin duda hay sal pero la tristeza es el ingrediente principal ¿y ese cómo lo describo?

No es sano vivir en el cuerpo que habito, que ni siento mío, que ni sigue mis deseos, que no se mueve a mi paso y se deja llevar por el viento. La soledad debería ser la única inquilina de este que ni es un templo ni una ciudad amurallada. Y cuánto desearía tan siquiera vivir con la seguridad de un muro, uno con dos bloques aunque fuera. Pero tampoco hay forma de escapar y sigo siendo la presa de mi misma, la constante perdedora de la batalla que se pelea día a día de mí contra mi ser.

Cuelgan de las paredes unos cuadros con adornos muy bonitos y palabras en el centro. Yo no sé a dónde voy ni de dónde vengo, y sin duda tomaría el camino fácil esta y otra vez más si ello me llevara al lugar donde “desaparecer” es sinónimo de libertad y felicidad. No sólo me inundan las aguas turbias y saladas de la tristeza, también son palabras que pretenden darle forma a imágenes las que me persiguen y me asfixian.

Qué más daría yo por no ser ni una ni otra; pero ya sucedió que me he cuestionado la diferencia y he aquí que soy expectante y espectadora y todo comienza y termina en la ventana (justo detrás de ella) donde todo lo que pasa y no me pasa es mi vida que paralela y como consecuencia ocurre después de aquellas que he de mirar.

Expectante: (Del lat. exspectans, -antis, part. act. de exspectāre, observar). adj. Que espera observando, o está a la mira de algo.  

Espectador, ra: (Del lat. spectātor, -ōris).  adj. Que mira con atención un objeto.

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