No puedo empezar esta historia sin antes definir el ángulo
desde el cual la contaré, pero he estado pensando en empezar día y noche: mientras me baño y cuando voy en el transporte. Así que tal vez sea el momento
de comenzar y arrojar las palabras así como vayan saliendo, que se acomode la
historia tal y como quiera. Aunque sería correcto suponer que el ángulo que
usaré con más frecuencia será el mío. Todo empezó, bueno... esa noche de estrellas móviles...
En el espacio alumbrado, a unos veinte pasos de mí, yacía
una mochila tirada en el suelo. Yo estaba en la oscuridad y si miraba al cielo
encontraba millones de estrellas, borrosas y en movimiento. El tramo entre mi
cuerpo y esa cosa que en el suelo dormía abandonada se expandía directamente
proporcional al tiempo que pasaba mirándola. A mi alrededor (norte, sur, este y
oeste) veía oscuridad, luz, oscuridad y oscuridad. Quería pensar lo más claro
que me fuera posible, pero obtenía nada más que imágenes borrosas y en
movimiento, y tal y como las estrellas acompañándome en el cielo, las imágenes
de recuerdos me parecían lejanas, cada vez más inalcanzables e intocables. Y me
preguntaba en dónde estaba y en dónde había estado. Me lo preguntaba una voz en
mi cabeza, no me atrevía a adivinar si era mía o de alguien más; francamente ni
siquiera mi voz podía recordar. Como mosquito enamorado, me encaminé hacia la
luz. Esa mochila iluminada casi celestialmente era lo único tangible que mis
ojos veían. Aún con miedo, dando un paso tras otro, lentamente y desconfiada,
me acerqué y me agaché.
Titubeé al alargar mi mano, no sabiendo si tomarla y
abrirla, o si dejarla ahí. Volteé al cielo, como pidiéndole ayuda a las
estrellas, mis compañeras las que, si esa noche me hubiesen faltado, la
recordaría del todo solitaria. Y si suena a locura es porque sí, estoy loca.
Pero eso es todo, de lo que recuerdo eso es todo; no sé cómo llegué ahí. Pero
sé que tomé esa mochila y caminé en la oscuridad un par de horas, el mundo a mí
alrededor daba vueltas y vueltas. Me sentía en uno de esos juegos de feria,
arriba de las tazas locas. Giraba todo y mis pies por costumbre daban un paso
después del otro. La mochila en mi espalda acomodada cual si fuera mía.
Creo, y afirmo casi con completa certeza, que no soy una
persona extrañada. Es fácil olvidarme, yo misma me olvido a veces, como esa
noche; la verdad es que no causo mucho impacto. Soy una observadora. Y esto lo
digo tan sólo por comentar un detalle de mí.
Al día siguiente desperté, el mundo seguía girando pero
ahora con más lentitud. Las estrellas se habían marchado, les hizo relevo el
Sol. Abrí los ojos y estaba acostada mitad de mi cuerpo en una cama y la otra
mitad tocando el piso. Mi mano derecha empuñaba un manojo de llaves y la
izquierda una de las correas de la mochila. Lo que esta contenía era hasta
entonces un misterio. Supuse que me encontraba dentro de mi casa, y pedí con
todo mi corazón que así fuera.
Empezaron a llegar a mi memoria imágenes que ya no eran tan
borrosas, pero seguían careciendo de claridad. Con vergonzosa lentitud me puse
de pie y al hacerlo dejé caer las llaves al piso. Temiendo que mi equilibrio me
fallara, las dejé ahí. La mochila se quedó en la cama dormida, escondiendo su
contenido por un rato más. Oscura como la noche anterior, mi cabeza me
traicionaba, es frustrante tener lagunas mentales al grado que las tengo yo.
En una mesita que se interpuso en mi camino a la que parecía
ser una humilde cocina había un cuadro enmarcando una imagen de una pareja, la
mujer miraba hacía la cámara y el hombre la miraba a ella. Tomé el cuadro y me
dirigí a un espejo que colgaba en una pared, de nuevo con la rapidez de un
zombie. Qué vergüenza. Menos mal que estaba sola, ahora sí del todo. Hice una
comparación, y en efecto el reflejo tenía la misma pinta que la foto. Así que
hice mis suposiciones. Gracias a Dios, estaba en mi casa.
Abandonando el miedo, me dirigí al pequeño refrigerador que
estaba cerca. Me lo encontré vacío, no más que un jugo de naranja dentro y unos
cuantos tuppers con sobras de quién sabe cuándo. Valiéndome de lo poquito que
me daban mis recuerdos, y más que de ellos del instinto que desarrolla la
costumbre, abrí de los cajones el primero y saqué un frasquito que contenía
pastillas blancas y redondas. Me tragué cuatro con ayuda del jugo de naranja y,
como pude, me tiré de nuevo en la cama. Esta vez todo mi cuerpo lo dejé caer
dentro.
La mochila quedó a mi lado. Pensé en su misterio, y en develarlo. Pero
a pesar del supuesto efecto que prometen las pastillas que me acababa de comer,
un sueño pesado cayó sobre mí y una vez más, caí en las oscuras garras de
Morfeo.


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