Estrellas Móviles: capítulo 2.

Cuando desperté era de noche y una tormenta sonaba, golpeando las ventanas. Yo no podía pensar en nada, sólo sentía. Y por desgracia sentía intensamente, no más que tristeza y melancolía que no podía atribuir a un motivo en específico.

Comenzaban a alarmarme mis reacciones cuando, a la par de un trueno, se amortiguaron mis pensamientos y, como por obra del destino o de las reminiscencias del alcohol, me invadió una tranquilidad y paz mental que difícilmente podría explicar.

Agarré mi cartera casi por instinto y abrí la puerta que me dirigía a la salida del edificio. Caminé y caminé y continúe caminando. Llovía y las gotas caían sobre mí, acompañando a la lluvia estaba el viento que soplaba debajo de mi falda y amenazaba con mostrar mis ropas íntimas a los transeúntes, cosa que evite a toda costa. Y es que, francamente, me salí tan rápido del departamento y sin pensar que no estaba para nada consciente de que llevaba puesta una falda de esas que tienen vuelo y se levantan fácilmente con un soplo de aire.

Personas en carros, sobre todo hombres, fijaban su mirada en mí y sonreían. No sé si se burlaban o si coqueteaban conmigo, quizá pensando en lo atrevida que era al llevar puesta una fada así con el clima del momento. Lo que no sabían es que no estaba consciente de mí misma y que lo que me había llevado a caminar esas cuadras era la necesidad de mantener ese estado de entumecimiento, prolongarlo lo más posible para no volver a ser yo.

Paré en una tiendita, olvidando que ahí no vendían alcohol. Pedí un refresco y un hippie algo ebrio o fumado (váyase a saber si una u otra o ambas) me miro con unos ojos bastante atrevidos y no lo disimulo ni un poquito. Deseé haber estado consiente de lo que traía puesto antes de salir. Me fui cuidando la retaguardia todo el camino de vuelta, poniendo mi mano en el trasero para evitar al menos un poco que mi falda se subiera. Volví al departamento y dejé el refresco en el congelador. Entonces emprendí el camino a mi destino real: el depósito.

Hay muchas miradas que juzgan a una mujer que va a comprar licor sola, y no es algo que me intimide, pero existe aún a mi edad cierto sentimiento que no he logrado superar cada que tengo que pasar por esta situación. Sé que debo mirarme deprimente o quizá piensen que soy una maldita alcohólica. Esto último se me ocurrió al darme cuenta que no había cambiado mi ropa en un par de días, ni lavado mi cabello. Hasta lo llevaba agarrado a lo alto de mi cabeza sin ningún arreglo cuidadoso. Mi maquillaje quizá estaba corrido incluso. Quién sabe qué tan mal me veía que ni la credencial me fue pedida (cosa que debo mencionar pues sucede que no aparento mi edad y usualmente piensan que soy menor).

Y así voy llenando de mierda mi existencia. Llegué de vuelta a mi departamento, puse un disco que saqué de la mochila, no diré nombres de canciones ni mucho menos, pero eran buenas y me pusieron bastante relajada. Ese tipo de canciones que te meten en un viaje como si estuvieras consumiendo drogas (y esto lo supongo pues jamás las he probado); sumándole a ello la cantidad de alcohol en mi sangre, yo sentía que flotaba. Así estaba arriba junto con las estrellas y el cielo y la Luna, que de un segundo a otro se cubría por un montón de nubes.

Érase octubre y estaba sola, sola, sola. Empecé a llorar sin saber por qué. Me preguntaba por qué. Por qué estoy sola, Dios mío. Por qué no puedo expresar lo que siento. Y por qué demonios a nadie le importa nada de esto… Las lágrimas se confundían con gotas de lluvia y yo me alegré de tener ojos pequeños, así no era tan notorio cuando casi desaparecían por tanto lloriquear. Los malditos recuerdos llegaban a mi cabeza como clips de películas, y la verdad es que no estaba segura de que fueran algo real o escenas sacadas de novelas.

De cierta forma era reconfortante no recordar el motivo de todos estos sentimientos que inundaban mi ser a la par que se inundaba la calle donde vivía. Tan sólo miré a la Luna y me concentré en enfocarla a pesar de las tantas lágrimas que me impedían tener una resolución fiel del cielo de aquella noche.

Volví a mi departamento, sintiéndome entumecida. Metí mi mano en la mochila que seguía arriba de mi cama. Encontré un par de cartas y un vértigo recorrió mi cuerpo. A veces nuestra piel recuerda mejor los momentos que nuestra propia cabeza. Luego de esto una imagen se quedó suspendida frente a mí por un par de segundos: una pareja mirándose fijamente, tirados en un césped en una tarde de cielo despejado. Hasta pude oler el pasto, como si estuviera yo ahí, tirada, siendo protagonista de aquella escena.

Sentí, de verdad sentí, y algo en mí presintió que no era sólo una imagen sino más bien un recuerdo. Llenándome de miedo y sabrá Dios qué más, miré las paredes. Una mancha llamó mi atención, entonces noté que eran unas letras o quizá sólo garabatos. Eso es lo último que recuerdo antes de perder la conciencia de nuevo. 

No hay comentarios: